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Los lunes con Juan Inurria 03-07-23

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La semana pasada sufrimos otro de los ataques del gran lobby de los ofendiditos. Esta vez por una camiseta que exhibió Mario Vaquerizo. Se trataba de una camiseta de La Legión. Esto le sirvió para que las redes –las que hoy mandan– se llenasen de comentarios crueles en la gran mayoría. Es que como dicta mi último libro el que tiene por título: ¿Qué te puede pasar si te llamo gilipollas? Los ofendiditos están todo el día entrenando y es disponen de entrenadores cualificados son los sensores de la libertad de expresión, la nueva inquisición que pretenden imponer el pensamiento único. Conmigo no cuenten, lo saben ¿verdad?

No debemos decir lo que pensamos, aunque si podemos. Existe una autocensura continua. Hace unos días en mi reciente visita a Madrid como consecuencia de la celebración del orgullo, –unos amigos me invitaron– presencié en un bar lleno de alegría y colores el alegato que le espetó un camarero a un cliente por este pedirle un café negro. Oiga señor no sea ofensivo. Manda narices a que nivel de estupidez hemos llegado. Tuve que intervenir y le pregunte al camarero, ¿de que color es el café?

Te debes de justificar de todo lo que hablas o escribes y eso supone una limitación en la libertad que soportamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, sin que apenas nos demos cuenta o pongamos el menor interés en ello, porque nos la han instalado como una tarjeta de smartphone. La censura esta por todas partes.

Yo he vivido la libertad después de una dictadura para ahora sufrir –como lo hicieron mis padres y mis abuelos– una nueva dictadura que nos la han colado poco a poco, hasta el punto del temor continuo a lo que se dice o se escribe. Y se lo comento a mis sobrinos, nietos, hijos y alumnos hasta el punto que no se llegan a creer que existió una época no muy lejana que se podía expresar que se pensaba sin ofender.

La libertad de expresión hay que ejercerla dentro de los máximos respetos y ese respeto hoy se ejerce con el silencio, por si acaso. Y eso es terrible.

Como se te ocurra hoy en día expresar lo que piensas y exteriorizarlo y no coincida con el pensamiento único, te espera un linchamiento que suele comenzar en las redes. Es una forma de taparte la boca, pararte la pluma o el teclado. Socialmente te queman en la plaza del pueblo. En los años 80 –donde transcurrió mi adolescencia– existía una libertad plena, podías decir lo que pensabas hasta cantarlo y si no estaba de acuerdo el de enfrente pues te te lo rebatía y asi se creaba riqueza en la diversidad de opiniones. Pera para rebatirlo hay que estar dotado de respeto, sentido común, sensatez y conocimiento y hoy eso no se espera. El ofendidito no practica el debate, practica la censura y se esconde detrás del padre supremo; la masa y sus gurús en forma de dioses o diosas políticas que criminalizan todo lo que no sea el mantra que ellos propugnan.

Vivimos en una sociedad fantástica y tolerante, digan lo que digan. Como la canción de Raphael.

Pregúntese usted, amigo lector, si hoy en día usted puede decir y expresar todo lo que piensa, sin temor a que lo metan en la hoguera. Si la respuesta es la que yo me supongo, la conclusión es que hoy no vivimos en libertad. Y a eso se le pone remedio hablando y escribiendo. Con el máximo de los respetos.

LOS LUNES CON JUAN INURRA – Periódico EL DÍA
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